Otro día poemoso, hoy en español. Dos adioses, uno forzado, otro dilatado.
I
Y los despojos
y los recuerdos
¿en dónde los guardo?
¿en donde los echo?
el viaje es my largo,
me pesa llevarlos
¿Y si los dejo?
¿Y si los pierdo?
II
"Un beso, y adiós".
Pero seguí volviedo
y te seguí buscando
Y por más que quise
te me hiciste tarde,
te me hiciste sol
que escurre jugo tibio
sobre un lienzo de estrellas.
jueves 16 de abril de 2009
viernes 10 de abril de 2009
Cartas al ausente 1 /Letters for the absent1
From the shelves we've been dusting comes this little piece, written by a songbird for a tree.
Tomorrow is the day when I'll call you. Tomorrow I will sneak out from this place, and go home and call you. Very early in the morning, I will pretend I'm going jogging, and wearing a sweatshirt and pants, I will walk all the way home, in the early cold.
I shall tell a lie and leave. And as soon as I am on the street I will feel unsure, insecure to go on my own. I will feel homeless and doubtful, and I will walk with that opression which my mother's silence and my father's insistance shall put on my chest. But I'll still walk. I'll be free and walk home; my home. And once there I shall dial your number and cover myself with the blanket I've prepared, and then we'll talk. And I will say "happybirthday" and sing you a song. And you will tell me you love me and send the sound of a kiss into my ear. And then maybe we'll make that illusion of love which must suffice for now... and if I can manage to, I'll keep you from hanging down once we are done. And we will spend time in this "together" that talking gives. And books and arts and jokes and criticism will fly entangled with bittersweet melodies and wishes and plans. And I will forget, and I will feel better...
I don't know what I'll do once we'd said goodbye. I don't know if I'll stay home and turn on the tv and sit there watching anything. Or maybe I'll just get up again and walk back to this house and spend the rest of day... I really won't care, 'cause I will have heard your voice by then; 'cause I will have something to call only mine again, something no one can take.
Tomorow Love, is the day when I'll call you, and I really can't wait.
Tomorrow is the day when I'll call you. Tomorrow I will sneak out from this place, and go home and call you. Very early in the morning, I will pretend I'm going jogging, and wearing a sweatshirt and pants, I will walk all the way home, in the early cold.
I shall tell a lie and leave. And as soon as I am on the street I will feel unsure, insecure to go on my own. I will feel homeless and doubtful, and I will walk with that opression which my mother's silence and my father's insistance shall put on my chest. But I'll still walk. I'll be free and walk home; my home. And once there I shall dial your number and cover myself with the blanket I've prepared, and then we'll talk. And I will say "happybirthday" and sing you a song. And you will tell me you love me and send the sound of a kiss into my ear. And then maybe we'll make that illusion of love which must suffice for now... and if I can manage to, I'll keep you from hanging down once we are done. And we will spend time in this "together" that talking gives. And books and arts and jokes and criticism will fly entangled with bittersweet melodies and wishes and plans. And I will forget, and I will feel better...
I don't know what I'll do once we'd said goodbye. I don't know if I'll stay home and turn on the tv and sit there watching anything. Or maybe I'll just get up again and walk back to this house and spend the rest of day... I really won't care, 'cause I will have heard your voice by then; 'cause I will have something to call only mine again, something no one can take.
Tomorow Love, is the day when I'll call you, and I really can't wait.
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domingo 29 de marzo de 2009
Descubrimientos semanales
Dicen por ahí que todos los días se aprende algo nuevo, y que el ser humano está en constante formación. Es verdad. A mis treinta añitos tengo todavía un largo camino por recorrer, mucha sabiduría por adquirir, y una enorme cantidad de datos útiles e inútiles por acumular. Lo malo es que difícilmente se toma una el tiempo de reflexionar sobre lo que aprende y por eso ( ¡y también porque todo lo que había planeado subir ahora necesita una buena reeditada!) el post de hoy está dedicado a ello.
Así pues, diré sin más preámbulos que en esta semana descubrí...
1. ...el primer y tercer movimiento del concierto para piano No. 2 en C menor de Rachmaninoff (sólo conocía bien el segundo, en el que Eric Carmen basó esa conocida rola, All by myself; toda una galleta de animalito para cortarse la vena). Que belleza...
2. ...que en ocasiones los babuinos raptan a las crías ajenas, y no sólo a las de su especie; dado el caso se roban cachorritos de perros salvajes!
3. ...que el proceso de separación de una pareja puede tomar 6 años o más.
4. ... una receta para hacer puré de coliflor (nunca se me habría ocurrido)
5. ...la guitarra rítmica de "Persiana americana". Wow.
6. ...que existe la palabra "quifoplastía" (y para más ñoñez, que se refiere a una técnica quirúrgica para reparar vértebras desgastadas por osteoporosis. Ooooh...)
7. que aún hay personas que gastarían su último peso de crédito y su último pasaje de metro para devolver una licencia de manejo y la foto de un bebé a un desconocido que las perdió causa de un robo.
8. Que hay en youtube un doblaje buenísimo de He-Man en el que no sólo el protagonista,si no su tigre y hasta el mismo skeletor, son gays.
9. Que tengo un registro de casi 3 octavas, soy soprano lírica, y todavía tengo chance de hacer algo con ello (la cosa es a qué hora?)
10. Que las relaciones "on-line", a la distancia, son cada vez más comunes, y el miedo a intimar con quienes tenemos cerca también... y me pregunto si una cosa tendrá que ver con la otra...
11. Que la crisis en Gringolandia está causando la muerte innecesaria de caballos de carreras cuyos dueños no pueden mantenerlos más...
12. Que hoy en día todavía es una cosa grave decirle a un padre que su niño podría ser homosexual cuando crezca...
13. La tecla F4 en mi computadora y sus maravillas al trabajar con word.
14. Que no me gusta la carne de soya. Si soy vegetariana porque el cadáver me da asco, ¿por qué querría comer algo que intenta imitar al cadáver?
15. Que ser princesa no implica dejar de ser feminista.
16. Que en África hay una leona que adoptó a un antílope como cría.
17. Que se puede pasar una hora haciendo nada más que mirar la oscuridad , y es bueno para el alma.
18. Que es correcto decir "tunelización" (aunque usted no lo crea...)
19. La cara de Robert Kennedy segundos después de ser baleado (gracias revista Historia y Vida, por la "bella" imagen...)
20. Que mi resistencia a la cafeína ha aumentado... mi estomago no opina lo mismo.
21. Que alguna vez Oscar Wilde pasó todo un día decidiendo dónde poner una coma.
22. Que el hecho de que Oscar Wilde pasara un día entero decidiendo donde poner una coma, no es justificación suficiente ara que yo lo haga, según mi director de tesis...
23. Que a 15 años de haberla escuchado por primera vez, la suite no. 3 de Bach todavía me conmueve hasta la lágrima, y más cuando se toca al aire libre en una esquina cualquiera... ( y es que entre el gentío es más fácil que las sensibilerías de una pasen desapercibidas.)
24. que el amor de verdad comienza sólo cuando, en el momento más cotidiano, un detalle mínimo, un ademán, un fruncir de boca, un caminar que antes pudiera incluso habernos desagradado, de repente nos hace un vacío en el estómago y nos oprime el pecho de alegría...antes todo es bello enamoramiento, y nada más.
25. Que las ilusiones protectoras de ayer ya no funcionan hoy, y que eso es triste, pero bueno.
Y finalmente,
26. Que hay por lo menos 3 personas interesadas en leer mis balbuceos. Gracias, gracias mil, y traigan amigos.
Y ya, con eso acabo el día de hoy y empiezo una nueva semana ... ¡veremos qué trae!
Así pues, diré sin más preámbulos que en esta semana descubrí...
1. ...el primer y tercer movimiento del concierto para piano No. 2 en C menor de Rachmaninoff (sólo conocía bien el segundo, en el que Eric Carmen basó esa conocida rola, All by myself; toda una galleta de animalito para cortarse la vena). Que belleza...
2. ...que en ocasiones los babuinos raptan a las crías ajenas, y no sólo a las de su especie; dado el caso se roban cachorritos de perros salvajes!
3. ...que el proceso de separación de una pareja puede tomar 6 años o más.
4. ... una receta para hacer puré de coliflor (nunca se me habría ocurrido)
5. ...la guitarra rítmica de "Persiana americana". Wow.
6. ...que existe la palabra "quifoplastía" (y para más ñoñez, que se refiere a una técnica quirúrgica para reparar vértebras desgastadas por osteoporosis. Ooooh...)
7. que aún hay personas que gastarían su último peso de crédito y su último pasaje de metro para devolver una licencia de manejo y la foto de un bebé a un desconocido que las perdió causa de un robo.
8. Que hay en youtube un doblaje buenísimo de He-Man en el que no sólo el protagonista,si no su tigre y hasta el mismo skeletor, son gays.
9. Que tengo un registro de casi 3 octavas, soy soprano lírica, y todavía tengo chance de hacer algo con ello (la cosa es a qué hora?)
10. Que las relaciones "on-line", a la distancia, son cada vez más comunes, y el miedo a intimar con quienes tenemos cerca también... y me pregunto si una cosa tendrá que ver con la otra...
11. Que la crisis en Gringolandia está causando la muerte innecesaria de caballos de carreras cuyos dueños no pueden mantenerlos más...
12. Que hoy en día todavía es una cosa grave decirle a un padre que su niño podría ser homosexual cuando crezca...
13. La tecla F4 en mi computadora y sus maravillas al trabajar con word.
14. Que no me gusta la carne de soya. Si soy vegetariana porque el cadáver me da asco, ¿por qué querría comer algo que intenta imitar al cadáver?
15. Que ser princesa no implica dejar de ser feminista.
16. Que en África hay una leona que adoptó a un antílope como cría.
17. Que se puede pasar una hora haciendo nada más que mirar la oscuridad , y es bueno para el alma.
18. Que es correcto decir "tunelización" (aunque usted no lo crea...)
19. La cara de Robert Kennedy segundos después de ser baleado (gracias revista Historia y Vida, por la "bella" imagen...)
20. Que mi resistencia a la cafeína ha aumentado... mi estomago no opina lo mismo.
21. Que alguna vez Oscar Wilde pasó todo un día decidiendo dónde poner una coma.
22. Que el hecho de que Oscar Wilde pasara un día entero decidiendo donde poner una coma, no es justificación suficiente ara que yo lo haga, según mi director de tesis...
23. Que a 15 años de haberla escuchado por primera vez, la suite no. 3 de Bach todavía me conmueve hasta la lágrima, y más cuando se toca al aire libre en una esquina cualquiera... ( y es que entre el gentío es más fácil que las sensibilerías de una pasen desapercibidas.)
24. que el amor de verdad comienza sólo cuando, en el momento más cotidiano, un detalle mínimo, un ademán, un fruncir de boca, un caminar que antes pudiera incluso habernos desagradado, de repente nos hace un vacío en el estómago y nos oprime el pecho de alegría...antes todo es bello enamoramiento, y nada más.
25. Que las ilusiones protectoras de ayer ya no funcionan hoy, y que eso es triste, pero bueno.
Y finalmente,
26. Que hay por lo menos 3 personas interesadas en leer mis balbuceos. Gracias, gracias mil, y traigan amigos.
Y ya, con eso acabo el día de hoy y empiezo una nueva semana ... ¡veremos qué trae!
sábado 28 de marzo de 2009
Una bella infiel
La sección que abre el post de hoy intenta hacer honor a otro género creativo de la literatura que hasta hoy sigue siendo malentendido y, por ende, despreciado: la traducción.
Explico a grandes rasgos la visión: Entre otros muchos autores, Borges (quien, como ya se va viendo, es un constante en mis garabatos) reinvidica la vilipendiada "infidelidad" de la traducción encontrando en ella lo que hace valiosa esta labor: su capacidad creadora, (o re-creadora) de textos que, surgidos de otros, cobran un valor literario propio en el contexto en el que se incertan, y son, por naturaleza, el epítome de la creación literaria, que es en sí un continuo palimpsesto.
De manera que la traducción debe ser infiel para ser creadora y felíz, y eso es lo que he tratado e hacer con este cuento de Michèle Roberts, autora franco-británica, feminista, contemporánea, cuya obra gira entre otras cosas, en torno a la espiritualidad femenina, con especial énfasis en la forma en que la religión católica la ha afectado tanto para bien, como para mal.
Sólo eso diré para permitir que mis pocos pero apreciados lectores se hagan de su propia impresión del cuento. Pónganse cómodos que va para largo, pero será muy divertido...a menos que sean ustedes católicos practicantes y fieles,en cuyo caso, quizá quieran ahorrarse la lectura para no sentirse innecesariamente ofendidos, pues la crítica es fuerte (sobre todo por que Austreberta, como muchos de los personajes de Roberts, estábasadaen una "santa" real). Hecha la advertencia, va:
Explico a grandes rasgos la visión: Entre otros muchos autores, Borges (quien, como ya se va viendo, es un constante en mis garabatos) reinvidica la vilipendiada "infidelidad" de la traducción encontrando en ella lo que hace valiosa esta labor: su capacidad creadora, (o re-creadora) de textos que, surgidos de otros, cobran un valor literario propio en el contexto en el que se incertan, y son, por naturaleza, el epítome de la creación literaria, que es en sí un continuo palimpsesto.
De manera que la traducción debe ser infiel para ser creadora y felíz, y eso es lo que he tratado e hacer con este cuento de Michèle Roberts, autora franco-británica, feminista, contemporánea, cuya obra gira entre otras cosas, en torno a la espiritualidad femenina, con especial énfasis en la forma en que la religión católica la ha afectado tanto para bien, como para mal.
Sólo eso diré para permitir que mis pocos pero apreciados lectores se hagan de su propia impresión del cuento. Pónganse cómodos que va para largo, pero será muy divertido...a menos que sean ustedes católicos practicantes y fieles,en cuyo caso, quizá quieran ahorrarse la lectura para no sentirse innecesariamente ofendidos, pues la crítica es fuerte (sobre todo por que Austreberta, como muchos de los personajes de Roberts, estábasadaen una "santa" real). Hecha la advertencia, va:
LAVANDERÍA
Michèle Roberts
Michèle Roberts
Traducción de Cidronela
Érase una vez, hace mucho tiempo, un leñador que vivía con su mujer en una cabaña vieja y desvencijada de yeso y zarzo en las afueras del bosque de Jumièges, a orillas del río Sena en Normandía. El bosque era un lugar lóbrego, sobre todo en invierno, cuando sus caminos se cubrían de hielo y se volvían casi intransitables; demasiado oscuros y amenazadores como para aventurarse en ellos. No obstante, fuera invierno o verano, el leñador trabajaba en el bosque, pues tenía cuatro hijos que alimentar. Su esposa, además de llevar la casa, atendía su pequeña huerta, cuidaba de la vaca y las gallinas y llevaba la mantequilla y los huevos a vender en el mercado. A duras penas se ganaban la vida, pues la renta tan alta que debían pagar a sus caseros, los monjes de la abadía de Jumièges, les dejaba justo lo necesario para sobrevivir, y no aspiraban a nada más. Cuando llovía, cosa que sucedía a menudo, se cubrían las cabezas con sacos y seguían trabajando. Cuando la tierra apisonada del suelo de su cabaña se convertía en lodo, ponían tablones sobre ella y seguían trabajando. Cuando el techo goteaba, y la lluvia mojaba sus camas, simplemente las cambiaban de lugar y ponían cubetas donde caía el agua.
Pero la hija de la familia, que se llamaba Austreberta, se quejaba de todo. Gimoteaba cuando la ropa puesta a secar se congelaba y, tiesa como una tabla glaseada con hielo plateado, le despellejaba las puntas de los dedos; gritaba cuando el carbonato que usaba en los días de lavado le escocía las manos agrietadas; chillaba cuando los sabañones le sangraban al tratar de meterse los zuecos por la mañana.
- ¡Si sigues así, - le advertía la mujer a su malhumorada hija- los jabalís del bosque vendrán por ti y te comerán!
En esos momentos Austreberta se veía incluso con menos gracia que de costumbre. Aún en sus mejores días no se le podía llamar bonita. Tenía las orejas grandes; su cabello era pardo y lacio como el de un ratón, y era flaca y pequeñita.
- Eres tan fea y tan escandalosa - la molestaban sus tres hermanos mayores- que nunca vas a conseguir marido
- Haré lo que pueda por ti -suspiraba su padre- pero no tengo dote que darte.
- Dios, ¿qué será de ti?- preguntaba su madre.
En el año en que Austreberta cumplió dieciséis años el clima fue inusualmente bueno. Las heladas no impidieron la siembra de verduras en primavera, ni secaron los árboles frutales. A lo largo de abril y mayo los huertos de Jumièges se tornaron frondosos y se tupieron de botones rosas. Los capullos se hincharon y brotaron hojas verdes en las ramas. El sol de junio y julio transformó el bosque llenándolo de luz. Los caminos, ahora bordeados por helechos verdes y animados por los pájaros, invitaban a adentrarse en ellos.
Temprano por la mañana de lo que prometía ser un día particularmente cálido y despejado de agosto, Austreberta se fue pinta. En vez de limpiar el cobertizo como se le había ordenado, cogió una canasta, le gritó a su madre que iba a buscar hongos, y se echó a correr al bosque. Se dirigió hacia uno de sus lugares favoritos: un claro en el que el arroyo corría junto al camino. Soltó su canasta, se quitó la ropa y se metió al arroyo, echándose agua sobre el cuerpo con las manos. Después de un rato salió y se tendió completamente desnuda sobre el pasto, bajo la cálida luz del sol.
Tlac-tloc, tlac tloc.
Austreberta salió de su ensueño. Se levantó rápidamente, tomo su ropa, y corrió con ella hacia el borde del claro, donde se arrojó entre la hierba crecida y se tendió cuan larga era detrás de un grupo de hayas, en donde nadie pudiera verla. Luego, separando los tallos de dulce aroma que se mecían de un lado a otro frente a su cara, se asomó desde su escondite.
Un burrito gris cargado con dos grandes cestos de mimbre apareció trotando en el camino. Detrás de él caminaba un joven fornido con hábito de monje. Traía la capucha echada hacia atrás dejando que la luz del sol se reflejara en su cabeza tonsurada; las mangas enrolladas a lo largo de dos hermosos brazos cubiertos de vello rubio, y los faldones arremangados hasta las rodillas brindándole a Austroberta una vista estupenda de sus musculosas piernas. El muchacho conducía al burro con su pesada carga frente a él, y lo azotaba rítmicamente en las ancas para mantenerlo andando a paso firme, a la vez que silbaba con fuerza mostrando sus blancos dientes. Tenía los ojos de un azul brillante, la nariz aguileña y la boca rosada y carnosa.
Austreberta le devolvió el silbido en un eco burlón de su canción.
El joven monje pegó un brinco y miró a su alrededor.
- ¿Quién es?- gritó - ¿Quién anda allí?
Austroberta se metió aún más entre la hierba y con la cabeza vuelta hacia un lado y recargada en el musgo, volvió a silbar.
El monje se quedó muy atento. Sin moverse del medio del camino, se rascó la brillante calva, y tiró de los mechoncitos de cabello rubio que la rodeaban. El burro aprovechó la oportunidad y echó a correr con los cestos rebotando a sus costados. El monje dejó escapar una retahíla de maldiciones, tiró su vara y salió corriendo detrás del burro fugitivo. Austreberta rodó riéndose entre la hierba. Al arrojar su mano a un lado, ésta golpeó algo blanco y poroso que se rompió y cayó al suelo. Era uno de los hongos más grandes que había visto en su vida, y varios más crecían cerca de él. Los recogió y los puso en su canasta. Enseguida, se echó la ropa encima y se fue a casa. Los hongos la salvaron de la paliza que de otro modo le habría propinado sin duda su exasperada madre. En cambio, recibió una cordial palmada en el hombro.
- Los llevaré mañana al mercado – dijo la mujer- y se venderán a muy buen precio, con lo grandes y bonitos que están ¡y el trabajo que cuesta encontrarlos!
Al día siguiente, como cada semana, la madre de Austreberta tomó los huevos que había recolectado de sus gallinas, y la barra de mantequilla hecha con la leche cremosa de su vaca, y puso ambas cosas en una canasta. Colocó con cuidado sobre ellas los oscuros y fragantes hongos, y cubrió todo con un paño blanco y limpio. Así se puso en camino a Pavilly, el pueblo al otro lado del bosque de Jumièges que se jactaba no sólo de tener un mercado de buen tamaño y una iglesia parroquial, sino también de contar con un convento cuyas monjas eran famosas por hacer el mejor calvados y el mejor pan de miel condimentado en muchas leguas a la redonda.
La madre de Austreberta regresó a casa esa tarde con la canasta vacía y el bolso lleno, y con una botellita de calvados en el bolsillo. Roció unas cuantas gotas de éste sobre el pan de manzana que preparó para la cena, y se bebió el resto con su marido más tarde, cuando todos se sentaron alrededor del hogar. Prender el fuego en una tarde de verano era ya un placer poco usual; pero tomar calvados era un lujo casi desconocido. Austreberta observaba a sus padres con sospecha.
-La cilleriza del convento vino al mercado - dijo su madre-. Me compró todos los hongos para la cena de la madre Priora, me dio el calvados y me contó que en el convento hace mucha falta una muchacha para ayudar a lavar la ropa. Los monjes de Jumièges acaban de elegir un nuevo Abad que insiste en que los monjes se bañen cada semana y se cambien los interiores con regularidad, así que han empezado a mandar toda su ropa sucia a Pavilly para que las monjas la laven y las pobres hermanas no se dan abasto. No quieren negarles esta ayuda a sus amados hermanos en Cristo, pero no saben qué hacer y están desesperadas. O bueno, estaban, hasta que yo le di mi idea a la cilleriza.
La madre de Austreberta miró a su hija con ojos llenos de satisfacción.
-Tú, mi niña, vas a entrar al convento de Pavilly como lega, y serás la lavandera de las monjas. Es obra y gracia de Dios: lo resuelve todo.
Sus tres hermanos soltaron la carcajada.
- ¡Ahora sí tendrás que aprender modales! – exclamaron- ¡Tendrás que aprender a callarte!
- ¡Quién sabe - dijo su padre -, a lo mejor hasta te haces santa!
- ¿Y la dote?- preguntó Austreberta - Yo creía que las monjas debían tener dote.
-La cilleriza estuvo de acuerdo -replicó su madre- en que tus habilidades domésticas serán más que suficiente.
Se tomó las últimas gotas de Calvados que quedaban en su taza de barro, y bostezó.
- La cilleriza me contó que al pobre monje que les lleva la ropa lo atacaron ayer en el bosque. Un jabalí, según dijo el muchacho.
- ¿De veras?- preguntó Austroberta.
- Parece - continuó su madre – que un animal de lomo oscuro y pelos como cerdas que retozaba entre la hierba quiso atacarlo, y lo obligó a correr. El burro que llevaba la ropa sucia se desbocó y los cestos se cayeron, y todo terminó mojado y lleno de lodo en el arroyo. El joven estaba tan alterado que las monjas tuvieron que darle unas rebanadas de pan de miel para calmarlo. Claro que no fue su culpa; a nadie se le habría ocurrido castigarlo. ¡Pero imagínense; un jabalí en esa parte del bosque, tan cerca de nuestra casa!
- ¡Qué bueno - subrayo Austreberta - que fue la ropa sucia y no la limpia la que se cayó al agua!
Entró al convento una semana después, llevando huevos, mantequilla y más hongos como regalo para las monjas. La cilleriza la recibió amablemente: la besó en ambas mejillas, le puso en frente un plato del famoso pan de miel condimentado y, con sus propias manos, le puso su nuevo hábito. Le cortó el cabello con unas tijeras de podar y le enseñó como prenderse el velo de lino blanco en la ajustada cofia.
-Trata de no ensuciarte mucho la ropa -le advirtió la cilleriza- aún con todo el trabajo duro que tienes que hacer, no podemos darte hábitos y mandiles limpios a cada rato; eso te llevaría a pecar de vanidad. Y por favor recuerda que nosotras, a diferencia de nuestros amados hermanos en Cristo de Jumièges, nos bañamos sólo dos veces al año, en las pascuas y en Navidad, porque si no caeríamos en el pecado de la impureza, ¡de pensamiento, al menos, si no de obra!
Austreberta asintió. Se sentía contenta, pues le había cortado el pelo que tanto le desagradaba, y las orejas que tanto le molestaban quedaban ocultas bajo la cofia. Estaba lista para el trabajo. Puso manos a la obra de inmediato en el cuarto de lavado separando el enorme montón de ropa sucia y mojada que había llegado la semana anterior de Jumièges después de su chapuzón en el arroyo, y de la que nadie se había ocupado todavía.
Le pareció que había por lo menos un ciento de calzones de lana gruesa y cruda. Éstos, era obvio, pertenecían a los monjes. Los del Abad, en cambio, eran de finísimo lino blanco; tenían bolsitas y pincitas, y a Austroberta le encantaron. Avivó el fuego del caldero en la trascocina, y entonces remojó y lavó y talló y restregó y enjuagó y exprimió hasta que su cuerpo quedó chorreado de sudor y adolorido de cansancio. Pero Austreberta, no se quejó. Sacó la ropa lavada y la tendió a secar en el huerto, colgándola de una rama a otra en los manzanos, o extendiéndola sobre las vallas. Al día siguiente, la alisó con una plancha caliente de hierro y la empacó, intercalando ramitas de romero y lavanda entre una prenda y otra, en cestos listos para llevar. Después, habiéndose asegurado primero de que las otras monjas no anduvieran por allí, se quitó el hábito y el velo, y se lavó bajo la bomba de agua en el patio trasero.
Como sus propios calzones estaban todavía empapados de sudor por las labores del día anterior, y ya que no le darían otros sino hasta Navidad, los aventó por ahí. Luego, con mucho cuidado, se puso de nuevo el hábito y el velo.
Tlac-tloc. Tlac- tloc.
Los cascos del burro resonaron sobre el suelo empedrado del jardín del convento. El joven monje entró en el húmedo y vaporoso cuarto de lavado, con los ojos castamente vueltos hacia abajo, con la comisura de los rojos y carnosos labios levemente curvadas hacia arriba, y con los hermosos brazos escondidos bajo las mangas del hábito. Inclinó su cabeza ante la joven lega, que asintió a su vez.
- Meta pues la ropa - le ordenó -. Estoy lista para usted.
Su voz, digna de una moradora de tan sagrado lugar, surgió suave y queda. Su tono de contralto sonaba dulce y melodioso como el canto de un ave. El monje levantó la mirada con timidez y miró el rostro sonriente de Austreberta, tan graciosamente enmarcado en la blanca cofia.
-Le estamos agradecidos, querida hermana – balbuceó-, por el servicio que nos presta.
Levantó las dos canastas de ropa limpia y las llevó afuera. Después volvió a entrar llevando las de ropa sucia, que puso en el suelo de piedra.
- ¿Le gustaría una rebanada de pan de miel antes de irse? - le sugirió Austreberta - ¿O una copita de calvados? Le espera un largo viaje por el bosque; no vaya usted a cansarse. Mientras usted se refresca, yo terminaré de planchar los interiores del Abad para que se los lleve.
Condujo al joven monje hasta la trascocina, donde se ponían las planchas en la orilla de la estufa y, una vez adentro, cerró la puerta. Aquí todo estaba muy oscuro. El cuarto estaba tibio; olía a jabón de lavanda y a lino secado por el sol, dulce como la hierba.
Austreberta dio un grito y apuntó hacia un lugar de la habitación.
- ¡Allí, en el rincón, un jabalí!
Agarró al monje por el hábito y se dejó caer de espaldas con él sobre un montón de camisones y tocas de monja
-¿Un jabalí? - gritó el monje - ¿Aquí? ¡No sea tonta!
Austreberta se levantó las faldas del hábito.
- Mira – exclamó - ; pardo y cerdoso.
Abrazó al monje con fuerza para que no pudiera escapar. La piel de Austroberta tenía el aroma de hongos silvestres. Su boca pegada a la de él, sabía a miel y a manzanas.
- Aunque algunos - murmuró ella - no dirían cerdoso, sino suave y sedoso. Oscuro y rizado. ¿No crees?
Tiempo después, el burrito gris cargado con sus cestos de ropa limpia galopaba de vuelta al monasterio por el bosque de Jumièges. El joven monje corría detrás de él, azotando con fuerza al pobre animal, al tiempo que silbaba un alegre himno. Después de ese día, cada semana se dirigió otra vez al Convento de Pavilly con el burro y los cestos de ropa, y sus hermanos en Cristo lo admiraban por atravesar el bosque tan valientemente, a pesar de los frecuentes encuentros que decía tener con el jabalí pardo y cerdoso.
En cuanto a Austreberta, tal era su devoción, su ingenio e inteligencia, que pronto alcanzó el puesto de Tesorera, y después el de Novicia Mayor. Por su humildad al insistir en continuar lavando la ropa de los monjes aún después de su elevación en años posteriores al honroso rango de Madre Priora, se le reverenció como la más bendita de las monjas. Después de su muerte, fue canonizada y nombrada Patrona del bosque de Jumièges. Muchas historias se cuentan sobre Santa Austreberta, pero ésta, puede estar seguro, no es una de ellas.
Érase una vez, hace mucho tiempo, un leñador que vivía con su mujer en una cabaña vieja y desvencijada de yeso y zarzo en las afueras del bosque de Jumièges, a orillas del río Sena en Normandía. El bosque era un lugar lóbrego, sobre todo en invierno, cuando sus caminos se cubrían de hielo y se volvían casi intransitables; demasiado oscuros y amenazadores como para aventurarse en ellos. No obstante, fuera invierno o verano, el leñador trabajaba en el bosque, pues tenía cuatro hijos que alimentar. Su esposa, además de llevar la casa, atendía su pequeña huerta, cuidaba de la vaca y las gallinas y llevaba la mantequilla y los huevos a vender en el mercado. A duras penas se ganaban la vida, pues la renta tan alta que debían pagar a sus caseros, los monjes de la abadía de Jumièges, les dejaba justo lo necesario para sobrevivir, y no aspiraban a nada más. Cuando llovía, cosa que sucedía a menudo, se cubrían las cabezas con sacos y seguían trabajando. Cuando la tierra apisonada del suelo de su cabaña se convertía en lodo, ponían tablones sobre ella y seguían trabajando. Cuando el techo goteaba, y la lluvia mojaba sus camas, simplemente las cambiaban de lugar y ponían cubetas donde caía el agua.
Pero la hija de la familia, que se llamaba Austreberta, se quejaba de todo. Gimoteaba cuando la ropa puesta a secar se congelaba y, tiesa como una tabla glaseada con hielo plateado, le despellejaba las puntas de los dedos; gritaba cuando el carbonato que usaba en los días de lavado le escocía las manos agrietadas; chillaba cuando los sabañones le sangraban al tratar de meterse los zuecos por la mañana.
- ¡Si sigues así, - le advertía la mujer a su malhumorada hija- los jabalís del bosque vendrán por ti y te comerán!
En esos momentos Austreberta se veía incluso con menos gracia que de costumbre. Aún en sus mejores días no se le podía llamar bonita. Tenía las orejas grandes; su cabello era pardo y lacio como el de un ratón, y era flaca y pequeñita.
- Eres tan fea y tan escandalosa - la molestaban sus tres hermanos mayores- que nunca vas a conseguir marido
- Haré lo que pueda por ti -suspiraba su padre- pero no tengo dote que darte.
- Dios, ¿qué será de ti?- preguntaba su madre.
En el año en que Austreberta cumplió dieciséis años el clima fue inusualmente bueno. Las heladas no impidieron la siembra de verduras en primavera, ni secaron los árboles frutales. A lo largo de abril y mayo los huertos de Jumièges se tornaron frondosos y se tupieron de botones rosas. Los capullos se hincharon y brotaron hojas verdes en las ramas. El sol de junio y julio transformó el bosque llenándolo de luz. Los caminos, ahora bordeados por helechos verdes y animados por los pájaros, invitaban a adentrarse en ellos.
Temprano por la mañana de lo que prometía ser un día particularmente cálido y despejado de agosto, Austreberta se fue pinta. En vez de limpiar el cobertizo como se le había ordenado, cogió una canasta, le gritó a su madre que iba a buscar hongos, y se echó a correr al bosque. Se dirigió hacia uno de sus lugares favoritos: un claro en el que el arroyo corría junto al camino. Soltó su canasta, se quitó la ropa y se metió al arroyo, echándose agua sobre el cuerpo con las manos. Después de un rato salió y se tendió completamente desnuda sobre el pasto, bajo la cálida luz del sol.
Tlac-tloc, tlac tloc.
Austreberta salió de su ensueño. Se levantó rápidamente, tomo su ropa, y corrió con ella hacia el borde del claro, donde se arrojó entre la hierba crecida y se tendió cuan larga era detrás de un grupo de hayas, en donde nadie pudiera verla. Luego, separando los tallos de dulce aroma que se mecían de un lado a otro frente a su cara, se asomó desde su escondite.
Un burrito gris cargado con dos grandes cestos de mimbre apareció trotando en el camino. Detrás de él caminaba un joven fornido con hábito de monje. Traía la capucha echada hacia atrás dejando que la luz del sol se reflejara en su cabeza tonsurada; las mangas enrolladas a lo largo de dos hermosos brazos cubiertos de vello rubio, y los faldones arremangados hasta las rodillas brindándole a Austroberta una vista estupenda de sus musculosas piernas. El muchacho conducía al burro con su pesada carga frente a él, y lo azotaba rítmicamente en las ancas para mantenerlo andando a paso firme, a la vez que silbaba con fuerza mostrando sus blancos dientes. Tenía los ojos de un azul brillante, la nariz aguileña y la boca rosada y carnosa.
Austreberta le devolvió el silbido en un eco burlón de su canción.
El joven monje pegó un brinco y miró a su alrededor.
- ¿Quién es?- gritó - ¿Quién anda allí?
Austroberta se metió aún más entre la hierba y con la cabeza vuelta hacia un lado y recargada en el musgo, volvió a silbar.
El monje se quedó muy atento. Sin moverse del medio del camino, se rascó la brillante calva, y tiró de los mechoncitos de cabello rubio que la rodeaban. El burro aprovechó la oportunidad y echó a correr con los cestos rebotando a sus costados. El monje dejó escapar una retahíla de maldiciones, tiró su vara y salió corriendo detrás del burro fugitivo. Austreberta rodó riéndose entre la hierba. Al arrojar su mano a un lado, ésta golpeó algo blanco y poroso que se rompió y cayó al suelo. Era uno de los hongos más grandes que había visto en su vida, y varios más crecían cerca de él. Los recogió y los puso en su canasta. Enseguida, se echó la ropa encima y se fue a casa. Los hongos la salvaron de la paliza que de otro modo le habría propinado sin duda su exasperada madre. En cambio, recibió una cordial palmada en el hombro.
- Los llevaré mañana al mercado – dijo la mujer- y se venderán a muy buen precio, con lo grandes y bonitos que están ¡y el trabajo que cuesta encontrarlos!
Al día siguiente, como cada semana, la madre de Austreberta tomó los huevos que había recolectado de sus gallinas, y la barra de mantequilla hecha con la leche cremosa de su vaca, y puso ambas cosas en una canasta. Colocó con cuidado sobre ellas los oscuros y fragantes hongos, y cubrió todo con un paño blanco y limpio. Así se puso en camino a Pavilly, el pueblo al otro lado del bosque de Jumièges que se jactaba no sólo de tener un mercado de buen tamaño y una iglesia parroquial, sino también de contar con un convento cuyas monjas eran famosas por hacer el mejor calvados y el mejor pan de miel condimentado en muchas leguas a la redonda.
La madre de Austreberta regresó a casa esa tarde con la canasta vacía y el bolso lleno, y con una botellita de calvados en el bolsillo. Roció unas cuantas gotas de éste sobre el pan de manzana que preparó para la cena, y se bebió el resto con su marido más tarde, cuando todos se sentaron alrededor del hogar. Prender el fuego en una tarde de verano era ya un placer poco usual; pero tomar calvados era un lujo casi desconocido. Austreberta observaba a sus padres con sospecha.
-La cilleriza del convento vino al mercado - dijo su madre-. Me compró todos los hongos para la cena de la madre Priora, me dio el calvados y me contó que en el convento hace mucha falta una muchacha para ayudar a lavar la ropa. Los monjes de Jumièges acaban de elegir un nuevo Abad que insiste en que los monjes se bañen cada semana y se cambien los interiores con regularidad, así que han empezado a mandar toda su ropa sucia a Pavilly para que las monjas la laven y las pobres hermanas no se dan abasto. No quieren negarles esta ayuda a sus amados hermanos en Cristo, pero no saben qué hacer y están desesperadas. O bueno, estaban, hasta que yo le di mi idea a la cilleriza.
La madre de Austreberta miró a su hija con ojos llenos de satisfacción.
-Tú, mi niña, vas a entrar al convento de Pavilly como lega, y serás la lavandera de las monjas. Es obra y gracia de Dios: lo resuelve todo.
Sus tres hermanos soltaron la carcajada.
- ¡Ahora sí tendrás que aprender modales! – exclamaron- ¡Tendrás que aprender a callarte!
- ¡Quién sabe - dijo su padre -, a lo mejor hasta te haces santa!
- ¿Y la dote?- preguntó Austreberta - Yo creía que las monjas debían tener dote.
-La cilleriza estuvo de acuerdo -replicó su madre- en que tus habilidades domésticas serán más que suficiente.
Se tomó las últimas gotas de Calvados que quedaban en su taza de barro, y bostezó.
- La cilleriza me contó que al pobre monje que les lleva la ropa lo atacaron ayer en el bosque. Un jabalí, según dijo el muchacho.
- ¿De veras?- preguntó Austroberta.
- Parece - continuó su madre – que un animal de lomo oscuro y pelos como cerdas que retozaba entre la hierba quiso atacarlo, y lo obligó a correr. El burro que llevaba la ropa sucia se desbocó y los cestos se cayeron, y todo terminó mojado y lleno de lodo en el arroyo. El joven estaba tan alterado que las monjas tuvieron que darle unas rebanadas de pan de miel para calmarlo. Claro que no fue su culpa; a nadie se le habría ocurrido castigarlo. ¡Pero imagínense; un jabalí en esa parte del bosque, tan cerca de nuestra casa!
- ¡Qué bueno - subrayo Austreberta - que fue la ropa sucia y no la limpia la que se cayó al agua!
Entró al convento una semana después, llevando huevos, mantequilla y más hongos como regalo para las monjas. La cilleriza la recibió amablemente: la besó en ambas mejillas, le puso en frente un plato del famoso pan de miel condimentado y, con sus propias manos, le puso su nuevo hábito. Le cortó el cabello con unas tijeras de podar y le enseñó como prenderse el velo de lino blanco en la ajustada cofia.
-Trata de no ensuciarte mucho la ropa -le advirtió la cilleriza- aún con todo el trabajo duro que tienes que hacer, no podemos darte hábitos y mandiles limpios a cada rato; eso te llevaría a pecar de vanidad. Y por favor recuerda que nosotras, a diferencia de nuestros amados hermanos en Cristo de Jumièges, nos bañamos sólo dos veces al año, en las pascuas y en Navidad, porque si no caeríamos en el pecado de la impureza, ¡de pensamiento, al menos, si no de obra!
Austreberta asintió. Se sentía contenta, pues le había cortado el pelo que tanto le desagradaba, y las orejas que tanto le molestaban quedaban ocultas bajo la cofia. Estaba lista para el trabajo. Puso manos a la obra de inmediato en el cuarto de lavado separando el enorme montón de ropa sucia y mojada que había llegado la semana anterior de Jumièges después de su chapuzón en el arroyo, y de la que nadie se había ocupado todavía.
Le pareció que había por lo menos un ciento de calzones de lana gruesa y cruda. Éstos, era obvio, pertenecían a los monjes. Los del Abad, en cambio, eran de finísimo lino blanco; tenían bolsitas y pincitas, y a Austroberta le encantaron. Avivó el fuego del caldero en la trascocina, y entonces remojó y lavó y talló y restregó y enjuagó y exprimió hasta que su cuerpo quedó chorreado de sudor y adolorido de cansancio. Pero Austreberta, no se quejó. Sacó la ropa lavada y la tendió a secar en el huerto, colgándola de una rama a otra en los manzanos, o extendiéndola sobre las vallas. Al día siguiente, la alisó con una plancha caliente de hierro y la empacó, intercalando ramitas de romero y lavanda entre una prenda y otra, en cestos listos para llevar. Después, habiéndose asegurado primero de que las otras monjas no anduvieran por allí, se quitó el hábito y el velo, y se lavó bajo la bomba de agua en el patio trasero.
Como sus propios calzones estaban todavía empapados de sudor por las labores del día anterior, y ya que no le darían otros sino hasta Navidad, los aventó por ahí. Luego, con mucho cuidado, se puso de nuevo el hábito y el velo.
Tlac-tloc. Tlac- tloc.
Los cascos del burro resonaron sobre el suelo empedrado del jardín del convento. El joven monje entró en el húmedo y vaporoso cuarto de lavado, con los ojos castamente vueltos hacia abajo, con la comisura de los rojos y carnosos labios levemente curvadas hacia arriba, y con los hermosos brazos escondidos bajo las mangas del hábito. Inclinó su cabeza ante la joven lega, que asintió a su vez.
- Meta pues la ropa - le ordenó -. Estoy lista para usted.
Su voz, digna de una moradora de tan sagrado lugar, surgió suave y queda. Su tono de contralto sonaba dulce y melodioso como el canto de un ave. El monje levantó la mirada con timidez y miró el rostro sonriente de Austreberta, tan graciosamente enmarcado en la blanca cofia.
-Le estamos agradecidos, querida hermana – balbuceó-, por el servicio que nos presta.
Levantó las dos canastas de ropa limpia y las llevó afuera. Después volvió a entrar llevando las de ropa sucia, que puso en el suelo de piedra.
- ¿Le gustaría una rebanada de pan de miel antes de irse? - le sugirió Austreberta - ¿O una copita de calvados? Le espera un largo viaje por el bosque; no vaya usted a cansarse. Mientras usted se refresca, yo terminaré de planchar los interiores del Abad para que se los lleve.
Condujo al joven monje hasta la trascocina, donde se ponían las planchas en la orilla de la estufa y, una vez adentro, cerró la puerta. Aquí todo estaba muy oscuro. El cuarto estaba tibio; olía a jabón de lavanda y a lino secado por el sol, dulce como la hierba.
Austreberta dio un grito y apuntó hacia un lugar de la habitación.
- ¡Allí, en el rincón, un jabalí!
Agarró al monje por el hábito y se dejó caer de espaldas con él sobre un montón de camisones y tocas de monja
-¿Un jabalí? - gritó el monje - ¿Aquí? ¡No sea tonta!
Austreberta se levantó las faldas del hábito.
- Mira – exclamó - ; pardo y cerdoso.
Abrazó al monje con fuerza para que no pudiera escapar. La piel de Austroberta tenía el aroma de hongos silvestres. Su boca pegada a la de él, sabía a miel y a manzanas.
- Aunque algunos - murmuró ella - no dirían cerdoso, sino suave y sedoso. Oscuro y rizado. ¿No crees?
Tiempo después, el burrito gris cargado con sus cestos de ropa limpia galopaba de vuelta al monasterio por el bosque de Jumièges. El joven monje corría detrás de él, azotando con fuerza al pobre animal, al tiempo que silbaba un alegre himno. Después de ese día, cada semana se dirigió otra vez al Convento de Pavilly con el burro y los cestos de ropa, y sus hermanos en Cristo lo admiraban por atravesar el bosque tan valientemente, a pesar de los frecuentes encuentros que decía tener con el jabalí pardo y cerdoso.
En cuanto a Austreberta, tal era su devoción, su ingenio e inteligencia, que pronto alcanzó el puesto de Tesorera, y después el de Novicia Mayor. Por su humildad al insistir en continuar lavando la ropa de los monjes aún después de su elevación en años posteriores al honroso rango de Madre Priora, se le reverenció como la más bendita de las monjas. Después de su muerte, fue canonizada y nombrada Patrona del bosque de Jumièges. Muchas historias se cuentan sobre Santa Austreberta, pero ésta, puede estar seguro, no es una de ellas.
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catolicismo,
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Lasbellas infieles,
Michèle Roberts,
traducción
martes 24 de marzo de 2009
Desamor
A veces, la mayoría de las veces, alguien más ha hecho ya el trabajo de decir lo que otros sentimos...pero pocas, poquisimas veces, ocurre que ese alguien exprese con exactitud pasmosa un momento, tan sólo un momento, al punto en que sus palabras son nuestras, y el alma nos duele por los dos.
Desamor
Me vio como se mira al través de un cristal
o del aire
o de nada.
Y entonces supe: yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca ni estaría.
Y fui como el que muere en la epidemia,
sin identificar, y es arrojado
a la fosa común.
Desamor
Me vio como se mira al través de un cristal
o del aire
o de nada.
Y entonces supe: yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca ni estaría.
Y fui como el que muere en la epidemia,
sin identificar, y es arrojado
a la fosa común.
Rosario Castellanos.
domingo 22 de marzo de 2009
Undelivered 1
A thought on the absent in a summer afternoon./Reflexión sobre el ausente en una tarde de verano.
I doubted whether I should write this in ink or pencil, for there might be a day when I will want to erase every trace of your memory in my mind. You are fleeting. And even when I think sometimes I'd like to keep you always deep inside, I cannot help but realize - and here a tear comes to my eye, that your step in my life is as marked on soft, warm sand...
Dudé si debería escribir esto con tinta o con lápiz; y es que puede llegar un día en el que quiera borrar todo trazo de tu recuerdo en mi memoria. Eres fugaz. Y aún cuando pienso a veces que quisiera tenerte siempre muy dentro, no puedo evitar - y aquí una lágrima se asoma- darme cuenta de que tu paso por mi vida es como el que se marca sobre suave y tibia arena...
I doubted whether I should write this in ink or pencil, for there might be a day when I will want to erase every trace of your memory in my mind. You are fleeting. And even when I think sometimes I'd like to keep you always deep inside, I cannot help but realize - and here a tear comes to my eye, that your step in my life is as marked on soft, warm sand...
Dudé si debería escribir esto con tinta o con lápiz; y es que puede llegar un día en el que quiera borrar todo trazo de tu recuerdo en mi memoria. Eres fugaz. Y aún cuando pienso a veces que quisiera tenerte siempre muy dentro, no puedo evitar - y aquí una lágrima se asoma- darme cuenta de que tu paso por mi vida es como el que se marca sobre suave y tibia arena...
miércoles 18 de marzo de 2009
Twilight
Hoy es dia poemoso. La lírica no es mi fuerte, debo aceptarlo, peor de vez en cuando a mis oidos vienen de no se dónde, tiritas de palabras que insisten en un ritmo que es sólo suyo, y yo me dejo llevar por ellas y las anoto.
De manera que no esperes, querido lector ( o lectores, espero pronto sean más de uno, aunque el uno siga siendo) versos a la T.S. Eliot y temas de índole parecida. Lo único similar entre mis sencillos versitos y los de ése genio monstruoso, es la lengua en que están escritos; esto porque a las tiritas deciden en que idioma me hablan, y por alguna razón parecen preferir mi segunda lengua, ésa que es mía por elección y no sólo por geografía.
Y pues nada, sin más preámbulos, helo aqui:
You who touched me, not at night
but in the morning,
lack that which makesmost lovers wonder.
You who came closer
when most get away
have reasons to leave
the main issue unsolved
In the night
I let it fly
and do not try
to solve it.
In the night
I keep it fresh
and wish for the light
to ponder.
De manera que no esperes, querido lector ( o lectores, espero pronto sean más de uno, aunque el uno siga siendo) versos a la T.S. Eliot y temas de índole parecida. Lo único similar entre mis sencillos versitos y los de ése genio monstruoso, es la lengua en que están escritos; esto porque a las tiritas deciden en que idioma me hablan, y por alguna razón parecen preferir mi segunda lengua, ésa que es mía por elección y no sólo por geografía.
Y pues nada, sin más preámbulos, helo aqui:
You who touched me, not at night
but in the morning,
lack that which makesmost lovers wonder.
You who came closer
when most get away
have reasons to leave
the main issue unsolved
In the night
I let it fly
and do not try
to solve it.
In the night
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